Remedios extraños (Historias de Vassla)

Sandren se limpió el sudor de la frente, dejando un rastro de carbón en sus facciones. Aquel día todos picaban en silencio, sin el habitual barullo de las charlas a media voz. Tan solo se escuchaba el repiquetear de las herramientas contra la pared de roca, el entrechocar del carbón al caer y el retumbar de las carretillas hacia la salida. Tenues lámparas de aceite iluminaban su camino, pero hoy parecían dar menos luz que de costumbre. Aunque Sandren sabía que era el ánimo colectivo el que ennegrecía aún más su mina.

     Ayer habían perdido a una compañera, una trabajadora del Sector 3, mientras realizaba su tarea en un túnel en mal estado. Ya habían informado al capataz de los problemas en ese sector, pero, como era de esperar, este había hecho oídos sordos.

     —O trabajas tu asignación o estás fuera —había sentenciado con indiferencia, antes de darles la espalda.

     Y nadie dejaba nunca la mina. Era uno de los pocos sustentos estables de Rakana, Camala y los pueblos de alrededor. El túnel del Sector 3 solo aguantó cuatro días más antes de derrumbarse sobre sus compañeros. Todos habían conseguido salir con vida. Todos excepto Tara.

     Sandren escuchó el sollozo contenido de uno de sus amigos y picó con más fuerza. Los habían hecho volver a la mina de inmediato, sin rechistar, sin importarles que habían sido ellos quienes habían sacado el cuerpo moribundo de Tara de entre las piedras; sin importarles que, de haber tenido un buen curandero cerca y no una joven que parecía no tener la mayoría de edad, se hubiera salvado; sin importarles que hubieran tenido que ser sus compañeros quienes les dieran la funesta noticia a su marido y sus hijos.

     El ánimo en la mina era más negro que el carbón que minaban, y Sandren refunfuñó entre dientes. Sus muertes importaban aún menos que sus vidas.

***

El sol de la tarde le dio de lleno en el rostro, obligándole a entrecerrar los ojos cuando trepó por la escalerilla para salir de la mina subterránea. Un carromato les esperaba para dejarlos en sus distintos pueblos y, cuando llegaron a Rakana, el más alejado de todos, Sandren se despidió sin decir nada. Otra noche se habría acercado a la taberna con los compañeros, pero ese día nadie tenía ganas. Caminó arrastrando los pies hasta su casa, levantando la arena del camino sin prestarle atención. Más sucio no podía estar. Cruzó la valla y dio un pequeño empujón a la atascada puerta de madera que daba a su hogar, acordándose de nuevo de que tenía que arreglar la cerradura.

     El interior de la vivienda, que constaba de una cama y un pequeño hogar donde cocinar, estaba tan lleno de polvo como él. Parecía que allí no vivía nadie, pero poco le importaba su aspecto. Dejó caer la bolsa en la entrada y se fue directo a la letrina, en la parte de atrás, donde un cubo de agua le esperaba para asearse. El agua estaba templada tras un día al sol, pero aun así le provocó un escalofrío. Se acercaba el invierno y las noches en el desierto serían todavía más frías, así que pronto tendría que comenzar a calentarla. Una vez limpio y con una ropa menos mugrienta pero más ajada, se dirigió a la alacena y rebuscó entre las pocas cosas que tenía para comer: carne seca, un trozo de pan negro y unos dátiles que le había regalado un vecino.

     Se sentó en el colchón y apoyó la espalda contra la pared. Pronto sería día de cobro y podría volver a llenar la despensa. Quizás incluso se pasara él mismo por el molino en su día libre para hacer algo de pan a cambio del carbón que le dejaban llevarse de la mina, el que no era lo suficientemente bueno como para llevar a la capital.

     Poco a poco, el sueño hizo presa de él y se deslizó por la pared hasta caer sobre el camastro y quedarse dormido al instante.

***

Cuando se despertó horas más tarde y lo primero que hizo fue estornudar, juró a todos los espíritus habidos y por haber. Le dolía la cabeza y se sentía destemplado, y al mirar a su alrededor conectó todas las piezas: la puerta no estaba bien cerrada, no había puesto unas brasas la noche anterior y se había dormido sin echarse una manta encima.

     —Estupendo. Soy un genio —masculló.

     Notaba la boca espesa y la garganta le picaba. Se levantó tiritando y trató de cerrar la puerta de una patada, pero solo consiguió hacerse daño en el pie. Cojeando, fue hasta el hogar y echó unos trozos de carbón, que tardaron lo que le parecieron horas en prender. Con una manta sobre la espalda, cogió un poco de agua del cubo de la cocina en una tetera abollada y la puso a hervir; una infusión le haría entrar en calor.

     —Lo que menos necesito es resfriarme ahora, maldita sea. El gerente me mata —farfulló, calentándose las manos al fuego. El sol aún no se había alzado, pero sabía que quedaban pocas horas para el amanecer. Pocas horas para volver a la mina.

     Se tomó el té a sorbos y con una mueca de asco, pues todo le sabía a mucosidad, y se cambió rápidamente de ropa. Se echó un chiech para protegerse del frío de la madrugada y salió de casa. Sin curandero de verdad en Rakana, solo podía acudir a una persona: Mía, la dueña de la taberna. Aquella mujer era como una segunda madre y seguro que conocía algún remedio para el resfriado que le permitiera trabajar el día entero. La taberna El Manantial estaba cerrada, pero Sandren dio la vuelta al pequeño edificio y llamó a la puerta trasera con fuerza. No tardó en ver una luz en el interior y pronto se abrió la puerta, revelando el robusto cuerpo de Mía. Era una mujer de avanzada edad, entrada en carnes y con cara de muy mala uva, pero que escondía a alguien de una gran bondad.

     —¿Qué demonios quieres a estas horas? —preguntó con voz ronca. Él abrió la boca para contestar, pero solo le salió un estornudo poco elegante, y Mía suspiró—. Entra, anda.

     La tabernera se hizo a un lado y Sandren pasó al salón de su casa. Tenía las brasas casi apagadas y echó algo más de carbón antes de ir hacia la cocina de la taberna.

     —¡Siéntate junto al fuego! —gritó desde el interior. Él acercó un taburete a la lumbre y se sentó, obediente. Al poco salió Mía de la cocina con un mejunje de color verdoso en un cuenco y se lo tendió sin miramientos—. Bébetelo todo.

     Sandren se bebió el contenido de un trago y sin rechistar, arrugando la nariz ante el mal olor de la supuesta medicina. En la cocina se escuchaban ruidos: parecía que la taberna comenzaba a despertar.

     —¿Es Nayade? —preguntó, intentando reprimir una arcada.

     —No, sigue dormida. Ayer la dejamos exhausta —bromeó ella con su descaro habitual—. Shaun se ha ofrecido a abrir hoy.

     Mía recogió el bol y se sentó frente a él, echándose la trenza canosa hacia atrás.

     —Esto te mantendrá en pie hoy, pero tienes que ir a ver a la curandera.

     —¿Y que me dé uno de esos remedios extraños que no sirven para nada? —espetó él, desviando la mirada de los ojos penetrantes de Mía.

     La tabernera gruñó.

     —Es buena en su trabajo, por mucho que te joda.

     —No fue lo suficientemente buena para salvar a Tara —masculló.

     Mía bufó y él la miró de reojo.

     —Sabes que nadie habría podido hacer nada, Sandren. No seas injusto, ni siquiera la conoces.

     No contestó. En su lugar, se levantó con pesadez y rodeó las brasas para posar un suave beso en el pelo de Mía. La mujer esbozó una sonrisa torcida antes de instarle a que saliera pitando de allí, que quería volver a la cama con Naya.

     —Dale un beso a ambos de mi parte —canturreó Sandren al marcharse.

     Se encontraba bastante mejor, así que decidió pasar por el pozo antes de ir a trabajar. Una vez hubo terminado, se encaminó a una nueva jornada en la mina.

***

El remedio de Mía había funcionado durante la mitad del día, pero tras la pausa para comer volvieron los escalofríos y el malestar. A Sandren le dolía todo y, cada vez que picaba una pared, sentía que se estaba atravesando su propia cabeza. Un sudor frío cubría su espalda, pero su frente ardía con fiebre. Centró la vista en la tarea que tenía frente a sí, intentando evadirse del mundo a su alrededor, pero cada vez que levantaba los brazos notaba cómo las fuerzas le flaqueaban más y más.

     —Sandren, ¿estás bien? —preguntó una voz a su espalda. Notó el roce de una mano preocupada en su hombro y se giró para mirar a su interlocutor, pero no era capaz de enfocar en condiciones.

     —Tranquilo. No pasa nada.

     No convencía a nadie, pero no podía permitir que le sacaran de la mina. Perdería medio día de trabajo, lo que supondría una reducción del jornal, de la cantidad de carbón asignado y un castigo por parte del capataz, que le haría ir a los peores túneles durante una buena temporada. Nadie le forzó a descansar: sabían que harían lo mismo en su lugar. Así que continuó picando y picando, con los sentidos tan embotados que no sintió el temblor en la pared hasta que fue demasiado tarde.

     Las piedras sobre las que trabajaba se derrumbaron y se le vinieron encima, oscureciendo su mundo.

***

Cuando abrió los ojos por primera vez, todo lo que sintió fue dolor, un dolor tan agudo que arrancó un grito desgarrado de su garganta. Se encontraba en la parte de atrás del carromato, con varias figuras a su alrededor. Tenía frío y le palpitaba la pierna derecha como si le hubieran prendido fuego. El brazo izquierdo ni lo sentía. El dolor fue demasiado y volvió a perder la consciencia.

***

Cuando despertó por segunda vez, el dolor había remitido, dejándole con la fiebre, las náuseas y la quemazón en las extremidades. Ya no se movía y notó que estaba tumbado sobre algo mullido. Sentía frío en la frente y se sobresaltó cuando alguien le pasó un paño mojado para bajar la fiebre. Alzó una mano, intentando agarrarse a algo, y masculló una maldición inteligible antes de volver a caer dormido.

***

Cuando despertó por tercera vez, el mundo había dejado de dar vueltas y pudo abrir los ojos y ver con normalidad. Seguía sintiéndose como si se le hubiera caído el mundo encima, pero no parecía encontrarse al borde de la muerte. Enfocó a su alrededor y se dio cuenta de que estaba postrado en una cama que no conocía, en una habitación que tampoco conocía. Intentó alzarse, pero, al querer mover los brazos para apoyarse en el colchón, notó un intenso dolor en el derecho que le hizo bajar la mirada y darse cuenta de que lo llevaba entablillado e inmovilizado contra el pecho.

     —¿Me he roto el brazo? —farfulló. Tenía la boca seca y su voz sonaba quebrada.

     —Y la pierna izquierda —contestó una voz de mujer.

     Sandren miró a su alrededor y tuvo que tragar saliva cuando la vio: una joven le observaba sentada en una silla. Era una mujer alta y delgada, con el pelo castaño recogido en un moño suelto y mirada extremadamente inteligente. La joven se levantó, le ayudó a incorporarse y le sirvió un vaso de agua, que le tendió sin decir nada.

     Terminó el vaso de un trago y se lo tendió de vuelta, algo avergonzado.

     —Perdona —musitó—. No debería haberlo terminado de golpe; el agua es escasa.

     —Tranquilo, aquí puedes beber cuanto quieras. Además, llevas varios días sin beber.

     Sandren la miró estupefacto.

     —¿Tanto tiempo llevo inconsciente?

     —Tres días.

     Sandren se pasó la mano buena por la cara y se recostó contra la pared, observando su cuerpo. Ahora podía ver la pierna entablillada y las magulladuras de sus brazos. Le dolía un poco el pecho al respirar, por lo que asumía que tendría el cuerpo lleno de contusiones. Se dio cuenta de que no llevaba la ropa que había traído y se puso rojo de golpe.

     La desconocida rio y, a pesar del dolor y la vergüenza, no pudo evitar pensar que era como escuchar llover.

     —No te preocupes, no hay nada que no haya visto ya —bromeó. Él enarcó una ceja y la joven se sentó en el borde de su cama—. Es mi trabajo, al fin y al cabo.

     —Eres la curandera. —La afirmación estaba de más. Un tenso silencio se formó entre ambos hasta que ella se presentó.

     —Me llamo Elisa. —Le tendió la mano y Sandren la aceptó con reticencia—. Siento mucho vuestra pérdida. Quiero que sepas que hice todo lo que pude.

     La frase, soltada a bocajarro, le dolió casi tanto como las piedras que le habían aplastado el pecho. Sandren miró hacia otro lado, debatiéndose entre su rencor hacia ella y su gratitud por haberle atendido.

     —Ya.

     Elisa se dio la vuelta para abandonar la pequeña habitación y, una vez en el marco de la puerta, se giró hacia él y esbozó una leve sonrisa.

     —Por cierto, que sepas que no quiero casarme contigo. No al menos hasta que nos hayamos conocido un poco más, claro.

     —¿P-perdona?

     La cara de Sandren fue un poema y la carcajada de Elisa resonó en varias casas de alrededor. Una vez se hubo mofado bien de él,  le explicó que, en uno de sus pocos momentos de lucidez mientras le atendía, le había pedido que se casara con ella.

     —Más bien —puntualizó—, me dijiste: «Voy a casarme contigo».

     —No puede ser…

     —¡Y fuiste muy vehemente al respecto!

     Sandren se disculpó a regañadientes, humillado y enfadado, pero Elisa le quitó importancia y le informó de que debería pasar un tiempo con ella, hasta que se recuperara.

     —Tus compañeros me han dicho que vives solo, por lo que sería conveniente que te quedaras aquí, donde pueda atenderte.

     Él intentó negarse, pero no fue posible: la curandera no dio su brazo a torcer.

     —Así vamos practicando para cuando estemos casados —se burló.

     Sandren se dejó caer sobre la cama y gruñó. Al parecer, reírse de él iba a ser el entretenimiento principal durante su estancia.

***

Había acertado de lleno: a Elisa le encantaba tomarle el pelo. La joven pasaba la mayor parte de la mañana visitando a los enfermos de Rakana y Camala, pero siempre se aseguraba de que él estaba bien antes de irse y se las apañaba para encontrar nuevas formas de meterse con él. Al principio, Sandren no había sabido cómo reaccionar: cada vez que ella le provocaba, en lugar de contestarle con alguna réplica ingeniosa, se ponía nervioso, se le trababa la lengua e incluso llegó a tirarse el desayuno encima un día.

     —Espero que piques mejor de lo que comes o acabarás más de una vez en mi cama —se rio ella y le guiñó un ojo, retirándole la bandeja y ayudándole a limpiarse.

     Sandren bufó y se dejó caer en el colchón cuando se hubo retirado los restos de gachas de la camisa, tapándose la cara con la almohada.

     «Esto tiene que acabar. ¿Qué demonios me pasa?».

     No obstante, tras una semana de estar postrado en la cama, ya se había acostumbrado a su presencia y se sentía más cómodo. Al observarla trabajar se había dado cuenta de que Elisa era una curandera más que competente, lo que había hecho que la rabia irracional que sentía contra ella se fuera diluyendo poco a poco. Aquel día, cuando entró en casa después de su ronda de consultas, fue él mismo quien inició la broma.

     —Buenos días, querida. Hoy has tardado más que de costumbre —saludó.

     Elisa sonrió divertida y le guiñó el ojo.

     —Hoy tenemos invitados a comer, así que será mejor que te levantes, amor —se burló—. Además, te conviene empezar a moverte, aunque aún no puedes quitarte los cabestrillos. Tengo una silla especial para ti.

     Continuó hablando mientras entraba en el cuarto de al lado, su tono mucho más profesional. A Sandren le hacía gracia ver la dualidad de Elisa: cuando era ella misma, se mostraba distendida y bromista; pero cuando era «la curandera», parecía que toda esa risa desaparecía de su interior. Él prefería a la Elisa natural. Cuando la joven salió de la habitación arrastrando una especie de silla con ruedas de madera, la miró enarcando una ceja como si se hubiera vuelto loca.

     —Es otra de tus bromas, ¿verdad?

     Ella negó con la cabeza, y el flequillo rubio se le metió en los ojos.

     —La broma es que está untada de aceite y te resbalarás al sentarte.

     Mientras hablaba, ayudó a Sandren a incorporarse y sentarse en la extraña silla. Elisa tenía una fuerza increíble para alguien de su complexión, ya que, a pesar de que era alta (más alta que él, como había podido comprobar), parecía frágil y delgada. Nada más lejos de la realidad: cuando le había ayudado a asearse (algo que, para su bochorno, no podía hacer solo), había descubierto que era todo músculo, rivalizando con su propia complexión forjada en la mina. Sandren se acomodó en la silla y se estiró la camisa, intentando alisarla. Ella le empujó hasta la mesa y le dejó ahí, mientras cogía los enseres para la comida. Colocó cinco platos y Sandren la observó canturrear mientras trabajaba. Se había cambiado la ropa de trabajo y llevaba un sencillo vestido azul.

     Llamaron a la puerta, sacándole de su ensimismamiento, y Elisa rio por la nariz al verle. El salón se llenó de gente: Mía, Nayade y Shaun entraron cargando bandejas de comida y sonrieron al verle fuera de la cama.

     —¡Tienes mucho mejor aspecto que la última vez que te vi! —ladró Shaun entre risotadas.

     —¿Te refieres a cuando me sacaron de los escombros? —contestó Sandren, concentrado en intentar conducir la silla hasta la mesa por su cuenta.

     —Na, no te vi entonces. Me refiero a cuando viniste hace un par de meses a la taberna, chaval. Se te ve mejorado.

     —Seguro que son los cuidados de Elisa —se burló Nayade, apretando la mano de Mía y depositando un beso en los labios de Shaun antes de sentarse en su sitio.

     Sandren bufó: aquellos tres siempre le sacaban de quicio. Quería mucho a Mía, pero sus amantes eran demasiado para él.

     La comida fue distendida, aunque parecía que el tema de conversación elegido era meterse con él, con su estilo de vida y con su «mala pata» al haberse lisiado en la mina. «¡Como si lo hubiera hecho a propósito!», pensó malhumorado, mientras devoraba el postre que había preparado Shaun.

     —Por cierto —Elisa interrumpió la tanda de burlas contra Sandren y él levantó los ojos, temeroso de lo que pudiera decir. El ingenio de la curandera era afilado y él siempre era el objetivo—, ya estarás listo para volver a casa en un par de días. Aún no podrás trabajar, pero el cabestrillo del brazo te lo voy a retirar enseguida y podrás valerte por ti mismo. Aunque tendrás que hacer ejercicios de recuperación, ¡y tomarte tus medicamentos!

     Sandren se quedó helado mientras sus amigos le felicitaban. ¿Tenía que marcharse ya? Un peso se instaló en el fondo de su estómago mientras intentaba sonreír, tratando de parecer aliviado.

     —Ya lo estaba deseando —mintió descaradamente, pero nadie lo notó.

     La comida pasó sin más incidentes, sus amigos se marcharon y él volvió a su cama, intentando averiguar por qué no le alegraba regresar a casa.

***

—Vendré a visitarte de vez en cuando para ver cómo estás y revisar que estés bien sanado. Creo que en un par de semanas podré quitarte la tablilla de la pierna, y poco después volverás a la mina. —Elisa le sonreía desde la puerta de su propia casa. Le había acompañado hasta allí cargando sus cosas, mientras él se acostumbraba a los extraños bastones de madera («muletas», las había llamado ella) que le ayudaban a caminar—. Tómate la medicación tres veces al día.

     —¿Cuánto te debo por todo el servicio? —preguntó él con voz monótona. Sabía que le saldría caro; solo esperaba que pudiera pagar a plazos.

     —Está todo cubierto —respondió ella, y Sandren notó el suspiro contenido en su voz. La miró con sorpresa y ella esbozó una sonrisa, de esas que iluminaban toda la sala—. Mía.

     Él, en lugar de alegrarse, gruñó entre dientes y ella le dedicó una mirada inquisitiva, pero no dijo nada.

     «Mejor».

     —Bueno, vendré en un par de días. —Elisa se despidió desde la puerta y él se quedó parado en el centro de la sala, incapaz de reaccionar.

     —Como quieras —contestó con sequedad.

     La curandera se detuvo un segundo, como si quisiera decir algo más, pero finalmente dio la vuelta y se fue cerrando la puerta. Sandren se quedó solo, sintiéndose estúpido y miserable y, lo peor, sin saber muy bien por qué.

***

Las siguientes veces que lo visitó Elisa, fue la curandera y no la mujer distendida a la que se había acostumbrado. Su trato fue formal y sin ningún tipo de complicidad, en un ambiente tenso al que contribuía en gran parte que Sandren solo respondiera con monosílabos a sus preguntas. Ella no solía quedarse más de diez minutos en casa y parecía que todo lo que habían hablado y bromeado mientras era su paciente había sido olvidado.

     Sandren creía que iba a volverse loco.

     —Estás insoportable —bufó Mía una mañana en la que había ido a visitarle, portando una cacerola de comida para él.

     Posó la cazuela con fuerza en la mesa, salpicando un poco del contenido fuera, y Sandren la miró con indignación.

     —¿De qué hablas? Estoy como siempre.

     —No. Estas de mal humor, insoportable y repelente. Sinceramente, si no acabaran de quitarte el cabestrillo, volvía a romperte yo misma la pierna.

     —¡Mía!

     La tabernera le miró de tal forma que se volvió a sentir un niño pequeño, regañado porque le habían pillado colándose en la alacena.

     —Siempre has sido denso, Sandren, pero esto es pasarse. Si no sabes de lo que te hablo, no te lo pienso explicar. Pero Elisa se merece una disculpa.

     Mía se marchó de la casa hecha una furia y él cerró la puerta de un portazo, haciéndola rebotar.

     —¡Maldita sea, tengo que arreglar la dichosa cerradura!

***

Sandren salió de casa aquella noche dispuesto a emborracharse hasta perder el conocimiento. Elisa le había quitado la tablilla y había desaparecido de su casa. En dos días volvería a la mina. No quería discutir de nuevo con Mía, así que cojeó hasta un antro a las afueras de Rakana que solía estar frecuentado por lo peor del pueblo. En aquel momento se sentía uno de ellos.

     Pidió una copa y se sentó solo en la barra, con la intención de ahogar su malestar en alcohol.

     «¿Qué demonios me pasa? Ni siquiera me caía bien».

     Llevaba un par de copas cuando los de la mesa de al lado se volvieron demasiado ruidosos.

     —Deberíamos echarla del pueblo. Se cree muy buena porque ha venido de la capital con sus remedios extraños, pero no vale para nada —escuchó decir a uno de los hombres.

     —Seguro que la han mandado aquí porque nadie la quiere en la capital. Conseguirá que acabemos todos muertos —añadió otro, dando un golpe en la mesa.

     Sandren apretó el puño en torno a la copa, tan fuerte que el cristal se hizo añicos en su mano. El camarero corrió a atenderle, apurado, pero le ignoró por completo.

     —¿Y si vamos a hacerle una visita esta noche? Seguro que una buena paliza la convence de largarse de aquí y hacer hueco a un curandero de verdad —continuó hablando uno de ellos, ajenos a Sandren.

     Él se había puesto en pie de un salto y, nublado por el alcohol, agarró un taburete y lo estampó contra la espalda del que tenía más cerca, que cayó sobre la mesa.

     El local entero le observó, asustado.

     —Ahora a ver quién te arregla, desgraciado.

     Los otros dos hombres que estaban con él, en lugar de defender a su amigo herido, le miraron acobardados. Sandren escupió a un lado y los miró por encima del hombro al salir. A paso firme, se encaminó por las calles desiertas del pueblo, con el puño ensangrentado dejando un pequeño rastro tras de sí, hasta que se detuvo frente a su puerta. Llamó con tres golpes secos y pronto vio luz en el interior.

     Elisa abrió la puerta con actitud alerta. Llevaba una bata sobre la ropa de dormir y, a pesar del cabreo y la borrachera, Sandren se sonrojó.

     —Cásate conmigo —masculló. El corazón le latía a mil.

     «Mierda. ¡No era lo que quería decir!».

     Se hizo el silencio y Elisa le observó con dureza durante unos instantes, antes de echarse a reír ligeramente.

     —Déjame ver la mano.

     Él le tendió la mano herida, pero no iba a dar su brazo a torcer. Con voz más suave, repitió las palabras sin poder evitarlo.

     —Cásate conmigo, Elisa.

     —No —respondió ella con simpleza.

     Seguía examinando su herida y tiró de él hacia el interior de su casa. Una vez en el comedor iluminado, le hizo sentarse y comenzó a curarle el corte, que por suerte no era muy profundo.

     —Creo que te quiero —repitió Sandren por tercera vez, con el corazón en la garganta.

     Era lo que quería: la quería a ella y no había sabido gestionarlo. Siempre le habían dicho que era muy denso.

     Elisa le miró por primera vez a los ojos y le dio un vuelco el corazón cuando sonrió.

     —No, no me quieres. Y yo a ti tampoco —contestó de nuevo—. Pero sí iría contigo a cenar, si te parece bien.

     Sandren soltó una risotada que no sabía que estaba conteniendo y, por primera vez desde hacía semanas, se sintió libre.

     —Te acabarás casando conmigo, Elisa.

     Su sonrisa se ensanchó.

     —Si te pones pesado, te tiro al pozo.

***

La puerta del hogar de Sandren brillaba con un vibrante color verde, recién pintada. La cerradura por fin estaba arreglada, igual que la verja de entrada. Él sonreía ante su labor, satisfecho. Se había convertido en la casa más bonita del pueblo, o al menos eso le parecía a él.

     —Podía haberme mudado a tu casa, sabes —comentó, girándose hacia Elisa, que observaba el color de la puerta con una sonrisa.

     —No era mi casa, era de Mía. Me la había prestado provisionalmente, hasta que me asentara.

     —Parece que ya lo has hecho, ¿no?

     Sandren sonrió, enamorado, al mirar a su esposa y el pequeño bulto que crecía en su interior. Habían pasado cinco años desde que se habían conocido: cinco años en los que él había aprendido a quererla como se merecía, sin importarle nada más en la vida. Ahora iban a formar una familia.

     —¿Qué te parece Killian si es un chico? —preguntó Elisa, entrando en casa.

     Sandren cerró la puerta tras ella y contempló su viejo hogar, que parecía nuevo con su mera presencia.

     —Me gusta. Y si es una chica, Nuage.

     —Qué nombre más raro. Me gusta —contestó ella.

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